La
guerra más impactante:
El
pelotón y el capitán
Llegado el día del comienzo, todo el cuerpo
militar se reunió para el envío. Capitanes, generales, tenientes y soldados
estaban allí; incluyéndome. Fue un tremendo gusto y un gran orgullo colocar mi
mano sobre mi pecho y entonar el himno
que nos enviaba a la batalla.
Acabado ese momento, los guerreros se dirigieron
al transporte y durante el trayecto hacia el fuerte de batalla, los soldados
gritaban, jugaban, convivían y disfrutaban lo que podría ser su último momento
sin tensiones. Entre toda la alegría podía observarse un alma muy concentrada.
Era el capitán. Él estaba muy nervioso y ansioso ya que desde que era tan solo
un soldado su sueño era ser ascendido y no estaba dispuesto a fallar en su
primera misión. Por esa razón pasó todo el camino imaginando estrategias. Pensó
en realizar un trabajo rápido y eficiente pero al final pudo más el trabajo
lento y bien ubicado, justo como su personalidad.
Al llegar a nuestro destino, tanto los soldados
como víctimas con los que había trabajado dos semanas atrás estaban
esperándonos. Estaba muy feliz de verlos y saber que durante esas dos semanas
habían podido sobrevivir. Pero hubo algo que me llamó la atención. Mientras mis
superiores y los otros soldados convivían me di cuenta que esa mujer, la que
era casi tan radiante como el Sol, no estaba en ese lugar. Asumí que ya era muy
noche para que saliera de su casa y que prefirió cuidar a su familia.
En la última reunión que se tuvo esa noche
alistamos las armas de mano para que a la mañana siguiente todo fuera más
sencillo para el ataque. Era una noche fría pero tranquila muy típica de las
sabanas. Mis superiores decidieron que debíamos relajarnos antes de la gran
batalla así que para la última reunión solo se discutieron ciertos puntos y nos
ordenaron dormir. Yo apenas pude cerrar los ojos de tanto pensar y los únicos
dos pensamientos que rotaban en mi cabeza eran: la emoción de tener mi primer
pelotón y el miedo de perderlos ante el enemigo.
Afortunadamente la noche pasó rápido. A la
mañana siguiente llegó el momento que el capitán había esperado tanto. Por fin
iban a entregarle a su pelotón.
Su ansiedad era extrema pero fue apaciguada
prontamente ya que fue el tercer capitán en recibir a su pelotón. En ese
instante su corazón saltó de rebozo y aunque sentía que se le iba a salir, les
habló a sus soldados como si los conociera desde hace tiempo. Les abrió su
corazón y les prometió que a ninguno de los siete iba a dejarlos morir. Antes
de eso, prefería morir él primero.
Uno de los soldados observó mucho al que en ese
momento se había convertido en su capitán. Lo analizó y dedujo que era su
primera vez al mando ya que se notaba lo nervioso que estaba. También recordó
que lo había visto la noche antes preparando las herramientas que iba a usar y que le
pareció que estaba buscando a alguien. El soldado escuchó hablar atentamente al
capitán y entre sus pensamientos observó una extraña pero diferente chispa. Era
la chispa de la determinación y le sorprendió mucho porque no creyó encontrar tal sentimiento en
una guerra.
En ese momento tanto el capitán como ese soldado
recibieron la primera de tantas lecciones que deja una guerra. Aprendieron que en
cualquier momento de la vida por más inapropiado que parezca (una guerra por
ejemplo) el ser humano no debe de dejar su lado humano de lado. La conexión que
se vivió desde ese momento entre compañeros de batalla los acompañó hasta el
final del conflicto.
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