La guerra más impactante:
El comienzo de la historia
Todo empezó en un fin de
semana normal. Bueno, no tan normal. Ese, el que sería el inicio de una gran
historia, era uno de los días más felices y emocionantes; ya que por primera
vez sería yo una de las protagonistas de esta historia.
Me levanté el sábado muy
temprano, me bañé, me arreglé y me preparé para salir al centro de operaciones.
En mi maleta llevaba una mudada extra, champú, sábanas, anti mosquitos, anti
sol y una de mis armas más poderosas. No creí que con tanta cosa, aún me
quedara espacio para muchos recuerdos. Al llegar al centro me reuní con otros que, al
igual que yo, estaban preparados para alistar las herramientas que se
utilizarían en el campo de batalla dos semanas después.
En el traslado de la
casa matriz al campo de batalla nosotros, los guerreros, disfrutamos el camino
hablando, cantando, revoloteando y preparando psicológicamente a los nuevos
reclutas; así como los buenos soldados que somos. Al llegar, la primera
instrucción de mi superior fue conocer los alrededores. Caminé por muy poco tiempo dentro de la sabana
árida, extensa y seca ya que el sitio de combate ya era conocido para mí,
porque ya había luchado una guerra en ese lugar. Luego de eso empezó el
verdadero trabajo. Junto con los otros soldados descargamos el material,
preparamos los terrenos y conocimos el que sería el fuerte por tres días. Mientras
trabajábamos, tuvimos la oportunidad de conocer a otros guerreros y a algunos
afectados. Entre ellos mujeres y niños.
Durante el paso del día,
el sol se hacía más y más intenso y eso dificultaba nuestro trabajo, pero a
pesar de todo no dejamos de trabajar. Al contrario, trabajábamos mucho más duro
porque de poco en poco más soldados se reunían y el trabajo entre colegas se
hacía más ameno. Luego del descargue del
material más pesado llegó el momento en que todo ser humano debería de tener la
oportunidad de poseer siempre, la comida del mediodía. Quién iba a decir que
en ese espacio todos los guerreros iban a convertirse en cantantes gracias al
soldado más experimentado y a su fiel acompañante acústica. En ese tiempo nos
presentamos, comimos, cantamos, dormimos, platicamos y hasta jugamos. Fue allí
donde me di cuenta que a pesar de luchar en diferentes lados y de diferentes formas,
todos éramos iguales.
Pasado el almuerzo,
volvimos al trabajo y mantuvimos ese ritmo hasta que cayó el sol. Nosotros, los
soldados extranjeros, regresamos al fuerte y gracias a la naturaleza llegó a
nuestra piel la más refrescante lluvia. Esa noche, fue terroríficamente
hermosa.
El general decidió que
debíamos conocer a profundidad la razón por la que íbamos a entablar la
lucha y por eso nos mostró imágenes sobre cómo el enemigo había destruido la
comunidad en la que estábamos. Las imágenes eran horribles. Yo estaba totalmente aterrorizada, indignada,
me sentía con tanta impotencia al ver cómo el enemigo día con día obligaba a
las personas de la comunidad a trabajar por sus vidas. Ese fue uno de los
momentos más angustiantes que he tenido en la vida. Por primera vez en mi
historia como soldado, pasó por mi mente la pregunta ¿seremos capaces de
derrotar al enemigo y devolverle a esta gente la esperanza de la vida? Justamente
estaba pensando en eso cuando el general me interrumpió con un grito. Pero no
fue un grito de reprensión, fue un grito de aliento. Con ese grito, la noche giró
porque solamente bastó esa acción para que me dieran ganas de tomar mi arma y
salir corriendo a defender esa tierra.
A la mañana siguiente todo
el cuerpo militar se reunió por última vez. Esta reunión fue el gran desenlace
del comienzo de esta gran historia. Todos los soldados compartimos estrategias
de batalla. Como era mi primer combate luego de que me ascendieran, todos los
de igual rango que yo se me acercaron y compartieron sus experiencias. Algunos
me dijeron que para acabar con el enemigo lo mejor era ir despacio y ser muy
calculador. Otros por su parte, me recomendaron que todo mi pelotón atacara al
mismo tiempo ya que el mejor ataque es la mejor defensa.
Luego de tantas
opiniones decidí alejarme y vagar por el que sería el campo de batalla pensando
cuál sería la mejor estrategia. Durante ese camino me topé con una de las
víctimas de la tiranía del enemigo. Me acerqué a hablarle y me sorprendí tanto
porque a pesar de ser una víctima no actuaba como tal. Regularmente las
víctimas de las guerras poseen heridas abiertas o cicatrices de estas, también
cargan con un aura depresiva, a penas pueden caminar y les aterra regresar al
campo que los hirió tanto. Ella no, ella era absolutamente todo lo
contrario. Me basta con decir que ella
era casi tan reluciente como el sol.
Hablé con ella casi
cuatro horas y durante ese tiempo no me aburrí ni un solo segundo. Ella tenía tanto
que contarme a mí, un simple extraño. La plática era tan amena hasta que llegó
mi superior para darme las últimas instrucciones antes de retirarnos… nunca
olvidaré lo que salió de su boca ese día y mucho menos lo que sucedió después. Él
dijo que la parte del campo que a mí y a mi pelotón nos tocaba proteger era
justamente donde esa chica y su familia vivían. Al escuchar esto, ella se me
tiro encima y se echó a llorar.
Fue así como inició la
historia de la guerra más impactante de mi vida.
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